Como ejemplo de relación entre maestro y discípulo, incluyo un fragmento del capítulo II de mi último libro, publicado en DVD Ediciones, Leonardo da Vinci: obstinado rigor.
Leonardo da Vinci tuvo siempre una actitud de alumno ante cualquier conocimiento, quizá porque pensaba que lo más importante en la vida era ser útil, servir. Según él, las personas buenas son naturalmente deseosas de saber.
En el fragmento que inserto a continuación, Andrea invita a su discípulo a que trate de superarlo:
IV
-Ha llegado la hora, Leonardo. A partir de hoy pintarás conmigo. Óyeme: tendrás que demostrar que tú puedes superar lo que yo haga. Te lo repito de nuevo: un discípulo debe superar a su maestro. Date cuenta de que estamos solos ahora y por eso te lo digo a ti, especialmente, que eres mi mejor discípulo. Sólo tú puedes entenderlo. Los demás han aprendido mi técnica. He sido honrado y les he facilitado todos los pasos. Pero lo que te exijo a ti es diferente. Deseo que ejerzas como discípulo auténtico, que desarrolles mi labor, que encarnes mis intuiciones, mis sueños. Pero, sobre todo, quiero que vueles solo, por encima de mí.
-Andrea, nunca me he planteado poner en duda lo que me enseñas.
-Mi obligación es exigirte que lo hagas. Debes avanzar siempre, sin que nada ni nadie te ponga límites. Es una lucha despiadada con uno mismo, sobre todo. Porque en lo más profundo de nuestro ser sabemos cuándo nos estamos engañando. Podemos engañar a los demás, pero no a nosotros mismos. A partir de ahora, Leonardo, ya no tienes que hacer el trabajo que te encomiende o elijas. Harás tu propia obra. Te daré mi opinión y tú debes darme la tuya. Hasta aquí hemos llegado juntos. A partir de ahora lucha conmigo. Yo nunca seré un contrincante tan feroz como tú mismo, pero intentaremos que la lucha entre los dos sea despiadada.
Leonardo no responde. Aflora el dolor a sus ojos, a sus labios, pero comprende al maestro.
-A veces, dice, me pregunto si esta exigencia tuya y mía de perfección no anulará mi vida. Tendré que entregarme a ella por completo.
-No andas descaminado, hijo. No te quedará tiempo para mantener cargas familiares, como es mi caso. Bastante lo tendrás que desperdiciar en ganarte un sustento para vivir.
-¿Por dónde empiezo mi trabajo, maestro?, pregunta el joven. Verrocchio sonríe al ver la entrega sin reservas del discípulo.
-Termina el Bautismo. Es tu responsabilidad.
Durante un par de meses Leonardo vaga por las calles en busca de modelos. Ningún apunte le parece suficientemente bueno. Va al campo, dibuja paisajes o flores, contempla el movimiento del aire y de las aguas. Estudia restos antiguos, iglesias, motivos decorativos. Ejercita la mano en dibujos geométricos, entrelazos, nudos, laberintos dispuestos en un círculo, mandalas: todo lo que le ha enseñado el maestro. Se enfurece consigo mismo porque no logra apartarse de él. Pero tiene paciencia y sabe que no debe ceder en su empeño. Sabe que el trabajo, al final, da su fruto.
Tiene decenas de bocetos de un ángel que debe acompañar al de Verrocchio en el Bautismo, pero no le convence y por eso lo rehace una y otra vez. Está ahora concentrado en plasmar una corriente de agua, una cascada. Le seduce ese movimiento sinuoso, abrupto, lleno de ritmo. A esa cascada le pone un rostro que no se parece a nadie, pero que tiene la impronta de la naturaleza. Es todavía una imagen imprecisa, sorprendente, que le provoca una sonrisa de satisfacción.
-Ya está. Dice en voz alta, mientras vuelve a rehacer el dibujo, ahora con la proporción adecuada. Cierra los ojos y en medio del campo agradece esta revelación.
-Un ser humano, dice, debe captar en sí mismo la fuerza de la naturaleza, de la que forma parte.
Llega tarde al taller. Está anocheciendo. Antes de cruzar la calle casi tropieza con alguien que lo mira. Se fija en su túnica y en su manto que cae en cascada a su espalda. Está demasiado entusiasmado para ver más detalles. Le sonríe aunque ni siquiera sabría decir si se trata de un hombre o de una mujer. Entra en el taller en donde ya no hay nadie y se pone a dibujar un paisaje para el fondo del Bautismo y después, el ángel.
-La cascada del cabello continúa en el manto. Así ocurre con el agua: se precipita a veces abruptamente, en nudos, como cuando pasa de un pliegue del vestido a otro o, con suavidad, si es en el cabello.
Cuando llega la noche, el maestro viene a llamarlo para cenar. Leonardo lo mira y mira la tabla. Verrocchio observa complacido el trabajo del discípulo.
-Veo que sabes por dónde vas. Y como Leonardo hace ademán de contarle lo que ha descubierto y por qué afronta su trabajo así, lo interrumpe.
-Acabas de empezar, es todo muy frágil y debes guardarlo en tu interior. Cuando acabes, hablaremos.
De noche, antes de dormir, Leonardo recuerda al personaje que vio a la puerta del taller.
-Vi unos ojos, una mirada y me fijé en el manto, porque me dio la clave de cómo debía continuar la cascada del cabello. No estaba ahí por casualidad; ¿qué ha querido decirme?
Abre el Hermes y lee en voz alta:
-“Pero el Nous Dios, siendo macho y hembra, existiendo como vida y luz, procreó con una palabra un segundo Nous demiurgo que, siendo dios de fuego y aliento, hizo gobernadores, siete en número, que envuelven en sus círculos al mundo sensible; y este gobierno suyo es lo que se llama Destino”… “Una vez que se hubo cumplido enteramente este periodo, el lazo que unía todas las cosas fue roto por voluntad de Dios. Pues todos los animales que hasta entonces eran machos-hembras fueron separados en dos al igual que el hombre, y se transformaron en machos por una parte y por otra en hembras”.
-No, realmente no existe la casualidad. He visto a alguien tan misterioso como debería ser el ángel cuando lo termine y no recuerdo de su cuerpo nada definido: podría ser un joven o una muchacha, porque, sin duda, reúne la naturaleza de ambos, como el emisario de Dios, como el propio Dios.
-¿Ves, Leonardo, cómo has vencido?, le dice Verrocchio cuando el joven le muestra su trabajo ya terminado. Pero su discípulo no sonríe, no parece feliz por el reconocimiento del maestro.
-No me gusta, responde secamente.
-También por esa respuesta habré de felicitarte, le dice el maestro, después de una pausa. Entonces Leonardo lo mira –cuánta luz hay en su mirada– y sonríe.
-No volveré a pintar, dice el maestro. Parece de repente muy cansado. La expresión de Leonardo cambia por completo. Hay ansiedad y angustia en su noble rostro.
-No temas, sonríe Andrea. No es por tu trabajo. No puedo abarcarlo todo. Mueve la cabeza con preocupación. Sí, ya sé que siempre os he aconsejado la dispersión y que os intereséis por todo, pero ya no tengo fuerzas. He hecho lo que ha estado en mi mano y conozco mis límites. Tú sí podrás ir más allá de mis propios límites.
Verrocchio se ha sentado en un sillón del taller. Leonardo se arrodilla frente a él, coge sus manos y oculta su rostro entre ellas. No podría soportar la mirada del maestro porque podría herirle. No puede soportar la idea de que su maestro descubra su estado de ánimo. Comprende que, de alguna manera, este combate lo ha ganado. Es el maestro quien advierte la turbación del discípulo y se conmueve. Por eso le acaricia la cabeza y le hace mirarlo a los ojos.
-No te avergüences de vencer a alguien que te ama, Leonardo. Me siento orgulloso de que tú me superes y en el primer combate, ya ves.
-Temo que esto sea una pérdida para mí, compréndelo. Temo, también, que algo nos pueda separar. Renunciaría a todo por ti. Eres mi padre, mi amigo, mi maestro. No puedo perderte.
-Es inevitable y bueno para ti. Eso no significa que la unión que hemos mantenido durante años se pierda. Nada se pierde. Es como el agua: arrastra lo que encuentra a su paso, lo transforma y crece. Ni este ángel que has terminado, ni esta conversación tendrán importancia en tu vida. No tropieces en nada.
Andrea aparta a Leonardo y se acerca al cuadro. Con un tono irónico añade:
-Además, estoy de acuerdo contigo: no es bueno este ángel. Resulta amanerado, blando. Y el paisaje, en cambio, es duro. Venga, perezoso, a ver si lo haces mejor la próxima vez.
Leonardo mira a su maestro con una amplia sonrisa. El dramatismo se ha disipado y él se siente fuerte y seguro. Lástima que esta sensación dure tan poco tiempo, reflexiona. Se sobrecoge al pensar en la terrible lucha que le espera.
-Ánimo, muchacho, no temas, dice Andrea. Lo que tú vas a intentar no lo ha hecho nadie antes. Se calla un momento. Sí, quizá los antiguos… Ellos te harán compañía.
-Ellos y tú, maestro, responde Leonardo.
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