La nueva ley de reforma educativa: otro empastre para terminar de hundir la enseñanza pública. Sin pausa han ido introduciendo cambios. Por ejemplo, el aumento de la ratio de alumnos por aula; el aumento, también, del número de horas de docencia y sobre todo, desde el propio gobierno, con una desfachatez asombrosa –y mira que ya no nos puede asombrar nada–, se ha intentado desprestigiar a la enseñanza pública. Ahora se disponen a darle la puntilla.
En la nueva ley aparecen reformas que nunca deberían aprobarse:
Se va a concertar a los colegios que segregan por razón de sexo, después de que se pronunciara en contra el Tribunal Supremo. Aunque el gobierno no subvencione a estos colegios, eso no quiere decir que los padres no tengan capacidad de elección. Simplemente tienen que pagar. Tan fácil como eso. Y, por supuesto, como dijo el Tribunal Supremo, no se vulnera su libertad. Véase lo que opinamos en su día: http://teresagarbi.wordpress.com/2012/08/26/chicas-y-chicos-por-separado/
Pero las leyes se saltan a la torera cuando hace falta. ¡Pues claro! Nada más fácil para un ministro que se identifica con un toro bravo que saltarse todo a la torera. Aquí se aplica la ley del embudo: para unos, la justicia es implacable y para otros, suave y permisiva. ¿No hemos visto como a según qué personas el estado les permite blanquear su dinero negro y a otras, las empujan al suicidio sin una ley que les proteja de la avaricia de los bancos a los que estamos sosteniendo con dinero público?
Se insiste machaconamente en la libertad. Otra vez con el mismo mantra que no es sino pura demagogia. Y para que la libertad sea mayor, nos dicen, se permitirá elegir cualquier colegio, no importa que no esté cerca del domicilio familiar. No me imagino que una persona de escasas posibilidades económicas pueda elegir un centro en la otra punta de su ciudad porque eso le ocasionaría gastos que no puede permitirse. Es decir, los que eligen en este caso, sin duda, son los que tienen medios. Además, los estudiantes que no los tengan no pueden acudir a un centro concertado en donde tienen que pagar por supuestas actividades y otros conceptos, dado que esos centros concertados no son gratuitos, aunque deberían serlo. La inspección parece no controlar estas infracciones de la ley. Con la Iglesia hemos topado.
Bien es verdad que en los resultados globales la calidad de la enseñanza pública y la de los privados y concertados, si se aplica el criterio socioeconómico, están igualadas. Quiere decir esto que la enseñanza pública sigue adelante, a pesar de todo. Forzosamente tiene que ser así porque, para empezar, se le han exigido unas oposiciones al profesorado; tienen que impartir las asignaturas que pertenecen a su especialización y por ahora su horario es menor, pese al aumento que han sufrido. Se supone que los docentes tienen que invertir tiempo en su formación académica y pedagógica, y en preparar sus clases, aunque no lo sepan algunos (bastantes) políticos.
Los colegios concertados casi no tienen inmigrantes, porque se derivan a la pública. También intentan librarse de los estudiantes que obtienen peores resultados. Si el gobierno del PP prefiere apoyar la enseñanza concertada, lo que a todas luces es una dejación de su responsabilidad –atender exclusivamente a la enseñanza pública–, será por alguna razón. Después de los pingües beneficios que la clase empresarial obtuvo de la construcción, ahora han dirigido su mirada hacia la educación y la sanidad que, aunque generen menos rendimientos que los pelotazos de antaño, son valores seguros.
Curiosamente esos gestores de lo público, que se presentaron a las elecciones y dicen representarnos gobernando por decreto ley, cobran generosos sueldos por gestionar lo público. ¿Y se atreven a regalar todos nuestros bienes a las empresas privadas? Así han acabado con Iberia: después de absorber tanto dinero público, después de crear la T4 para ella, para la compañía de bandera, la desbaratan, la regalan y ni siquiera son capaces de mantener vuelos a la Habana o Santo Domingo. Estos señores del gobierno son patriotas de opereta.
En esta nueva ley de Wert la competitividad es un bien que debe extenderse a la enseñanza y a los centros. Curiosamente, cuando a los alumnos se les convierte en loros que repiten respuestas a los exámenes, quizá el centro obtendrá un escalafón más alto, en cuanto a calificaciones, pero se están pervirtiendo la enseñanza y el pensamiento. Al parecer, los gobiernos no quieren que pensemos. De toros se trata, al fin y al cabo, dado que el propio ministro se define como toro bravo que se crece con el castigo. Y nosotros que pensábamos que este señor era más bien un manso dado su servilismo con la Iglesia.
Pero, a tenor de las palabras del ministro, más bien les interesa tener una ganadería de toros bravos sin cerebro y que sólo embistan. El ministro Wert no sabe que Antonio Machado, profesor de Instituto de Enseñanza Pública, dijo en su día, en su libro Juan de Mairena, que el problema de España es que de diez españoles, nueve embisten y uno piensa. Ahora el ministro quiere que todos embistamos.
Y una buena embestida es lo que pretende ser la nueva Ley.
La codicia no tiene límite. Y quienes detentan el poder tampoco tienen límite. Ni vergüenza. El límite, que debería ponerlo la ley, ya ven cómo lo puentean los codiciosos. No han tenido bastante, en el caso de la enseñaza pública, con la situación marginal a que la quieren abocar.
¿Cómo es que los padres prefieren llevar a sus hijos a un centro religioso? Es inconcebible que confíen su educación a aquellas personas que se ponen por montera las necesidades de los estudiantes sin recursos y juegan con las palabras, sobre todo con el término libertad. No quieren que haya libertad, pero usan la palabra para extender una cortina de humo o para tranquilizar conciencias, vaya usted a saber.
Nadie debería querer que sus hijos reciban un ejemplo de insolidaridad tan tremendo ni que crezcan en un falso mundo competitivo que les impida pensar. Sería deseable una enseñanza pública, libre de verdad, en la que convivan todos los ciudadanos, de cualquier ideología, religión y clase social. Una enseñanza que desarrolle sólo esa competitividad que se basa en la reflexión y en el libre pensamiento, en el respeto hacia los demás y en el trabajo serio y sin trabas. Una enseñanza laica que valore por igual a los dos sexos y les dé las mismas oportunidades, que eduque en la solidaridad a la hora de pagar impuestos y enseñe a no expoliar las arcas públicas.
Supuestamente vivimos en un país laico, pero el ministro de educación pacta con la conferencia episcopal, directamente, y entre ellos deciden qué asignatura de religión se imparte y cuál será la alternativa. ¿País laico? Al menos antes, a los colegios privados, religiosos o no, les hacían pasar exámenes en la pública. Al final, pretenderán que sea la pública la que pase por el aro de la privada.
Todavía no comprendo cómo en la Comunidad Valenciana, en donde no hay dinero para nada, están subvencionando el Bachillerato. ¿No es sorprendente? ¿A nadie se le ocurre que se podría ahorrar una buena cantidad de presupuesto y los estudiantes que no quisieran o no pudieran pagar una enseñanza privada estarían muy bien atendidos en la enseñanza pública? ¿Y a los centros, religiosos o no, concertados, no se les ocurre tampoco que deberían evitar esa subvención por una evidente solidaridad en los tiempos que estamos viviendo?
Con la reforma se va a establecer un ranking de centros para que los padres elijan. Ya hemos comentado nuestras reticencias a esta supuesta libertad. Si hubiera becas para los que no tienen recursos tal vez podría hablarse de libertad. Mientras esto no suceda, se trata, simplemente, de un timo para los que tienen menos medios.
Lo de medir la excelencia de los centros mediante un ránking se ha ensayado ya en Inglaterra, con malos resultados, por cierto. Hay que tener en cuenta algo esencial: la educación necesita ritmo lento, reflexión, años de entrenamiento, de lecturas, de investigación. Y no le van mucho los ránkings, ni los escalafones. Ni el propio Einstein, habría estado bien colocado en esas mediciones pensadas para aumentar la mediocridad.
La educación necesita libertad, convivencia, estímulo y un buen profesorado que cuente con apoyo, respeto y reconocimiento social. Algo tan evidente pero tan inalcanzable para gran parte de nuestra clase política, tradicionalmente tan inculta. La prueba la tenemos en la vesania con que se está suprimiendo el Bachillerato artístico o en la penosa situación en que quedan, en los nuevos planes, Música y Filosofía y todo lo que se relacione con el mundo de las Humanidades.
En la Comunidad Valenciana los estudiantes se someten a las llamadas Pruebas Diagnósticas. No participamos en los informes Pisa. Las pruebas Diagnósticas dan lugar a muchos errores de evaluación y además podrían ser fácilmente manipulables, dado que los evaluadores son los profesores de los mismos centros y naturalmente algunos centros están interesados en obtener una buena posición.
No. No tienen razón los que han forjado la nueva ley. Será brava, brutal, sin pensamiento, en tanto se basa en la desigualdad. Señor Wert: no siga lanzando cortinas de humo con temas lingüísticos. Se le ve el plumero: usted está fortaleciendo a la enseñanza privada, en detrimento de la pública, y está pactando con la Conferencia episcopal. Usted, a quien le pagamos por defender lo público, se ha equivocado de camino. Asuma su responsabilidad, que es lo que toca, como dicen los de su partido, o dimita.
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