Juan Gil-Albert: el compromiso con la vida

  Cuando mi familia y yo llegamos a Valencia en 1978, conocí la obra de Juan Gil-Albert. Empecé a leer Breviarium vitae, después Crónica general, Retrato oval…, todos sus títulos, que hacía muy poco habían visto la luz. Después, lo conocí y me acogió en su vida familiar.

 En aquel momento, le comenté a Rafael Ferreres, con quien Gil-Albert había ido, durante la guerra del 36, a visitar a Don Antonio Machado, mi entrevista con él, y me dijo: “Hija mía, como no eres marquesa y no llevas collar de perlas, no te habrá hecho ni caso”. Rafael no hacía sino repetir el tópico de considerar a Juan Gil-Albert elitista y decadente. Nada más alejado de su personalidad que estos prejuicios de los que no se libró ni un crítico tan inteligente como Ferreres.

 Yo no era marquesa ni llevaba collar de perlas, pero Gil-Albert, a quien considero mi maestro, a pesar de que a él le extrañaba este título, me dio su amistad y tuvo la paciencia de leer mi primer libro. Ya se sabe que a los primeros libros –como decía Valle Inclán– hay que echarlos al fuego. Bien lo sabía Juan que repudió sus dos primeras obras en prosa: Fascinación de lo irreal  y Vibración de estío y no quiso incluirlas en la edición de su obra completa. Precisamente en estos dos títulos se advierte esa tendencia al decadentismo modernista por el que luego lo clasifican. Nada más alejado de este escritor que las  actitudes aristocratizantes que le han atribuido. De hecho, en repetidas ocasiones, pone de manifiesto que la verdadera aristocracia puede proceder del pueblo o de la burguesía, pero nada tiene que ver con el dinero ni con las clases sociales. Porque nuestro escritor mantuvo siempre un compromiso con la vida, a la que valoró muy por encima de la belleza.

 Lamentablemente, Juan Gil-Albert, a pesar de tener una obra extensa y de calidad, no es un escritor conocido. No le ha ayudado la extrañeza de los críticos al intentar clasificarlo: unos lo consideran del 27 –esa posibilidad le parecía a Juan la más acertada–, otros, del 36; otros, un adelanto de lo que sería el grupo de los Novísimos, o, incluso, se le ha llamado poeta-isla. Acertada me parece la opinión de César Simón quien dice que, antes que adscribirlo a ningún grupo, es más interesante esclarecer su singularidad. (“Una panorámica” en Juan Gil-Albert de José Carlos Rovira, Caja Provincial de Alicante, 1991).

 Tampoco le ha ayudado para darse a conocer su forma de vivir al margen y en una capital de provincias. Respecto a lo primero, dice Juan en Los días están contados (1952) que hay que seguir el aserto de Goethe: “El que quiera hacer algo para el mundo que no se meta dentro”. Respecto a lo segundo, lo que significa vivir en una capital de provincias, es cierto que, en España, significa estar condenado al ostracismo.

 Gil-Albert vivió en su largo exilio interior al margen de la España franquista por necesidad. Desde que regresó en 1947, hasta que se publican sus libros en 1974, se le ignora. No obstante a él le pareció “la única manera de vivir, de laborar por la vida que inspira confianza”. Creo que, en momentos de tanta turbulencia como los que estamos viviendo, bueno es dirigir la mirada hacia escritores comprometidos. “Hay que estar con los que se comprometen, no con los que simulan”, dice el escritor.

César Simón considera a Juan uno de los poetas cívicos de verdad. Su vida y su obra están unidas, lo que no es habitual, pues estamos acostumbrados a observar flagrantes disociaciones en muchos escritores. Vicente Gallego dice: “Hay escritores que no van más allá de sus propios textos, en esos casos tampoco nuestra admiración llega más allá de su obra, pero existen otros, los menos, cuya personalidad es inseparable de sus escritos, porque han creado (…) un modelo moral”. (“El escritor como modelo moral: Juan Gil-Albert”, Anthropos, pp. 110-111, 1990).

 La vida de Gil-Albert no fue fácil. Tuvo que tomar decisiones importantes en situaciones límite. Supo tomarlas con una gran dignidad y clarividencia, sin que nadie pueda reprocharle ambición, insolidaridad, oportunismo. Pocas personas, a la hora de hacer balance de su vida, pueden decir lo mismo.

 Si es cierto que Juan nació en una ambiente de riqueza y bienestar, lo es también que muy pronto tomó decisiones arriesgadas: dejó de estudiar Derecho y Filosofía y Letras para dedicarse a escribir. Fue consecuente con sus ideas, dado que “Lo más noble del hombre está en lo expuesto que vive. Todo lo demás es confort y aburguesamiento” (Breviarium Vital, II, p. 553).

 Desde siempre se sintió identificado con el pueblo y al lado de los que sufren:

 “En mis veranos pasados en un pequeño valle alcoyano vivía rodeado de fábricas. Eran fábricas de tejidos, de borra, de papel. Desde niño conocí a esos hombres, los obreros, enrolados en una vida mecanizada y triste. Fue quizá en los últimos años de la Dictadura (de Primo de Rivera) cuando la sórdida realidad española comenzó a inquietarme. Frecuenté el trato de los trabajadores departiendo con ellos por los senderos campesinos o en sus hogares insalubres. Las mujeres hablaban siempre de jornales, de faenas, de miseria. Estuve con ellos cuando la proclamación de la República (1931) y cuando la Revolución de Asturias (1934). Nada puede igualar el sedante de estar en esos momentos con los que tienen razón”. (Prólogo a Son nombres ignorados, en Obra poética completa, I, Valencia 1981).

 Durante los años anteriores a la guerra incivil, Gil-Albert conoce a los que acogerá después en su casa, durante la guerra, y con los que compartirá el exilio: Rosa Chacel, Altolaguirre, Ramón Gaya, Octavio Paz, García Lorca, Cernuda…

 En momentos en que unos y otros se afilian a partidos diferentes, Gil-Albert se mantiene independiente y no acepta el carnet del partido comunista, que se le ofrece: “Nuestro sino es lo difícil, lo incómodo (…) Estar frente a unos y a otros, a favor de la vida” (Breviarium Vitae II, 688). Porque Gil-Albert considera que ha venido a la vida “a ser testimonio de la verdad” (Memorabilia, Tusquets, Barcelona, 1975, p. 95). Y la verdad, como dice en Breviarium, “no convence a nadie: la verdad existe”.

 Por eso apoyará a Gide cuando este, a su regreso de Rusia, exponga su desacuerdo con el régimen comunista y sufra la marginación y el desprecio de tantos escritores.

 Durante la terrible guerra incivil española Gil-Albert toma partido por la República, acoge a los intelectuales y artistas que se refugian en Valencia, capital de la España republicana durante año y medio. Es secretario del II Congreso Internacional de Intelectuales Antifascistas y de la revista Hora de España, que se funda durante una reunión celebrada, como tantas otras, en su casa.

 Colabora en prensa, mítines, escribe romances de guerra… El investigador Cecilio Alonso observa el compromiso cívico de Gil-Albert con la causa popular durante la guerra. Y añade que el escritor vive esta “excepcional crisis colectiva, por cuyo tumulto inicial se deja envolver, entre la indignación y el entusiasmo utópico, pero sin renunciar a recogerse en su lirismo más hondo para expresar finalmente en un poema –que tiene algo de expiatorio– su ilimitada solidaridad humana enriquecida por la voluntad de comprender el sinsentido de la violencia estéril” (“Del compromiso al conocimiento. Juan Gil-Albert en el diario Verdad, Valencia 1936”, Actas Congreso-Homenaje Juan Gil-Albert, Universidad Internacional Menéndez Pelayo, 1995, p. 20). Se trata de “Lamentación  (Por los muchachos moros que, engañados, han muerto a las puertas de Madrid)”, incluido en Son nombres ignorados.

 El escritor había publicado “El espectro marroquí” en Verdad y posteriormente el poema. Hay diez semanas entre ellos, pero diferencias sustanciales: en el primero, el escritor se deja arrastrar por tópicos agresivos y degradantes; en el segundo “el esperpento se desvanece y la tragedia vuelve a recobrar su sereno perfil clásico” (Alonso, p. 26).

 No conozco otro documento de guerra en el que se haga un esfuerzo, inconmensurable, para comprender al enemigo. Sólo en los momentos terribles que vivimos en Madrid, el 11 de marzo, nos podemos hacer idea del valor humano del poema de Gil-Albert.

 Y aún hay más: precisamente durante la guerra escribe el poema que, según él y la crítica, supone un hito en el proceso de maduración de su obra. Se trata de “Elegía a una casa de campo”. El poeta afronta el momento en que los milicianos confiscan su casa y lamenta, más que su pérdida, la fragilidad de la vida que, en cualquier momento, puede cambiar de la felicidad a la tragedia. Gil-Albert advierte que el mundo seguirá sin su casa, sin él, su destino inaplazable. Y en ese proceso la vida sigue adelante.

 Al ser derrotada la República, huye a Francia y allí le espera el campo de concentración de Saint Ciprien. Era febrero, con los Pirineos nevados. En el campo de concentración había unas cuarenta mil personas que intentaban sobrevivir. Para el escritor “esas grandes experiencias inhumanas (…) incitan al cumplimiento de la única ambición que nos ennoblece: superarnos”. Añade: “en medio de tanta tribulación hallamos el atributo más estremecedor de nuestra casta, la compasión” (Memorabilia, en Obra completa en prosa, II, p. 360).

 Bien diferente fue esta estancia en Francia a la que había tenido diez años antes en un curso de verano en Tours. Esta vez llegó con el XI Cuerpo del ejército, en donde se había alistado, para labores culturales y de propaganda, en 1938. Caminaron unos setenta kilómetros, desterrados.

 En el campo de concentración permaneció durante unos quince días. Gracias a una gestión de la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura, los rescataron del campo y los condujeron a una casa a las afueras de Poitiers. Allí vivieron unos meses. Durante este tiempo, en primavera, el escritor, debilitado por las penurias, se siente renacer. Una metáfora de ese renacimiento será el esplendor de unas lilas, cuya austera fragancia le recuerda el paisaje natal en Alicante.

 Nuevas gestiones del Gobierno de la República lo llevan al exilio a México. Allí vive en la pobreza, dedicado a escribir y a publicar artículos de crítica literaria, de arte y de cine, en la prensa. No es un exiliado que se encierre en sí mismo. De hecho, mucho después, cuando en Breviarium Vitae haga balance de su experiencia, dice: “A los emigrados españoles, su derrota y su desgracia, su extrañamiento, no les ha vertido una sola gota de nobleza en el alma; a su vez, los victoriosos no se han levantado una sola pulgada del nivel de su miseria” (p. 232).
 En España se defendió la libertad del mundo. Fue el campo de experimentación de lo que luego se convirtió en la segunda guerra mundial. Nuestro escritor, que reconoce los fallos de la República, no justificó, de ningún modo, la ilegalidad de los que se rebelaron contra ella. (v. Drama patrio).

 En “El poeta como juglar de guerra” (Nueva cultura, 1937, recogido por M. Aznar en Mi voz comprometida, 1979), dice:

  “La guerra hoy es un deber. Pero el deber rara vez se canta cuando es de naturaleza homicida. (…) Esta guerra en la que cooperan a la más alta gloria industrial de nuestros tiempos, no puede ser la nuestra (…) Guerra de los intereses exteriores sobre nuestro país, la guerra del fascismo internacional”. Europa pagó muy cara su “no intervención”. Fue el fracaso de un modo de vida que defendía el derecho sobre la fuerza. Como dice Gil-Albert, en Memorabilia, España “fue la víctima primera de una acometida que, durante diez años, imprimió en las conciencias el desprecio a la civilización” (p. 365).

 En 1938, en Cataluña escribió “En torno a la vocación. Lo popular y lo social”. Fue publicado en Méjico en Taller, en 1939. Reflexiona, en plena contienda, sobre el arte. Llega a la conclusión de que “llevados por un entusiasmo por ciertas doctrinas sociales encaminadas limpia y sensatamente a liberar al hombre –o mejor entusiasmados por la posibilidad de esta liberación–, caímos en ingenuos y empobrecedores proyectos de visión.” Se manifiesta en contra de cualquier imposición y afirma que no hay que someterse a los hechos, sino desprenderse de ellos, lo que no significa pérdida de la realidad. Estas palabras, en plena contienda, dicen mucho del valor personal de Gil Albert y de su lucidez. 

  En su exilio mejicano tuvo una experiencia amorosa importante que recoge en un libro publicado mucho más tarde: Tobeyo o el amor. Queda, también, un poema muy hermoso: “Homenaje a México”. Gil-Albert razonó su homosexualidad en varios momentos: en Heraclés, en Los arcángeles, en Razonamiento inagotable. Heraclés es un tratado sobre la homosexualidad, escrito con un estilo austero, para que sólo sea leído por aquellas personas que no trivialicen el tema, aquellas a las que les interese. No hizo nunca ostentación de su manera de ser –homosexualidad viril la llama César Simón (“Panorama”)–, pero la defendió en sus escritos, en los que la relaciona con el mundo heleno por el que tuvo siempre tanta admiración. En público siempre le caracterizó la discreción. Tal vez porque la experiencia amorosa, también cuando hace balance al final de su vida, le parezca una más entre otras, inferior, como lo manifiesta en lo que fue su epitafio, A un Monasterio griego, a la influencia de la naturaleza.

 El regreso a España tuvo que ser duro. No sólo por la incomprensión de algunos que se quedaban, que podían interpretar su gesto como una deserción, sino por la atonía que se encontró en España. Es una experiencia que el escritor cuenta en su libro Drama patrio, escrito mucho más tarde, en 1964, a modo de anticelebración de los veinticinco años de paz del dictador.

 El compromiso de Juan, en esto quiero insistir, no se limita a la guerra. Cecilio Alonso considera que “si no renuncia a la belleza en aquella producción, tampoco se desentiende en su exilio interior de los avatares colectivos”. (Canelobre: “El compromiso madurado de un repatriado (1961-65)”. De la terrible experiencia –guerra, destierro, pobreza– quedan el desencanto y la constatación de la fugacidad personal y de las relaciones humanas. De todo ello nos informa en un libro excelente: Los días están contados, escrito en 1952. Advierte cómo ha cambiado de lugar, pero siente la misma extrañeza. En América no se reconocía; en España no puede comprender lo que ha ocurrido. Desertar, dice, es lo mejor para evitar la adulación y la mendacidad.

 A esa extrañeza, ese desencanto, se añadieron los avatares trágicos de su familia magistralmente descritos en La trama inextricable: muerte de su cuñado (1948) y de su padre (1950), ruina de los negocios familiares. Él, como presidente del Consejo de administración, desconocedor del duro mundo de las finanzas, tuvo ocasión de sufrirlo. Como dice él mismo, en unos años, lo perdió todo: bienes, amor, juventud. No tenía casa, ni rentas, ni sueldo, ni éxito, puesto que sus libros, dice, ni se leen, ni se venden. Llega a lo que él llama la “ilustre pobreza”. Y sin embargo, a pesar de toda esa conjunción de males, él se siente “ligero, iluminado por dentro” (Breviarium, II, p. 608). Prueba de ello es su libro de poemas Concertar es amor, que se editó en Adonais, en 1951. Es interesante leer el epistolario a Salvador Moreno (Pretextos, 1987) para conocer el proceso de pérdida de todos sus bienes. Advierte que no le inquieta y se siente feliz, liberado de “esa grosería del dinero que nunca ha tenido que ver conmigo. Existen los ricos y los lujosos”, puntualiza. No obstante, se preocupa por su madre, ya mayor. Se ofrece para hacer traducciones, una al mes y da cuenta de las personas, pocas, entre ellos Rosales, que se interesan por su situación.

Según Gil de Biedma (“J. G. A. entre la meditación y el homenaje”, prólogo a Valentín, La gaya ciencia, 1974) tuvo momentos de desaliento tras la venta de El Salt, pero se recupera gracias al azar: lee una hoja volandera, sin importancia, en la que comentan elogiosamente su obra. Escribe entonces Concierto en mi menor.
 
 En Buenos Aires había publicado Las ilusiones. De 1947 a 1974, fecha en que se publican varios de sus libros, transcurre un largo exilio interior. Al regresar ha decidido recorrer el camino hacia dentro, la manera más eficaz de recorrer distancias. Durante estos años Juan siguió su trabajo, dando ejemplo de dignidad. Los que lo trataron entonces nos hablan de un escritor que manifestaba sus opiniones con valentía. En Breviarium son muy frecuentes sus invectivas contra la España franquista y contra el dictador. Denuncia la mediocridad ambiental, la esclavitud en que se había ahogado al país, la ambición por el dinero. 

   Según dice César Simón, Gil-Albert vivía muy austeramente. Durante la mañana trabajaba. Por la tarde atendía alguna visita, se encargaba de alguna gestión. No salía nunca de noche. Su vida era monacal, aunque siempre fue sociable y accesible.

 Sorprende el deseo de recalcar la faceta estética de nuestro escritor.  Paz Moreno dice que, en la guerra, se rebela contra sus orígenes, pero no dejó nunca de ser un esteta (Poesía Completa, Pretextos). Sin embargo César Simón, aunque reconoce que no es discutible su esteticismo inicial, dice que esa fase la supera por humanismo, por su sentido de la responsabilidad personal y social. (“Panorama”). Se le ha acusado también de vanidoso, de narcisista porque, al leer su propia obra, se asombraba de que hubiera podido escribirla él. En una entrevista Juan duda ante sus escritos y se pregunta “si eran realmente suyos o son emociones autónomas, con vida propia” (J. L. Ferris en Canelobre). Ya se sabe que es muy difícil desterrar los tópicos.  Gil-Albert sonreía cuando veía escrito por enésima vez que, por su esteticismo, cuando daba un mitin, durante la guerra civil, se vestía con un mono azul de trabajador, pero de seda. Una falsedad.

 En Gil-Albert el buen gusto era un instinto primigenio, semejante a su amor por el campo o por las hierbas de España, a las que dedica un bello poema, en el exilio mejicano. Dentro de ese buen gusto está su rechazo al dinero que, en los años sesenta, ya le parece la “ambición e inquietud suprema y casi única”. Amaba la belleza y le gustaba rodearse de ella con refinamiento. Los restos del naufragio de su casa familiar adornaban su vivienda, pero su habitación, su celda, como la llamaba él, era de una gran sobriedad. Me parece mucho más importante, en su vida y en su obra, la influencia del paisaje mediterráneo, de la naturaleza en general, además del respeto por el ser humano.

 Es importante insistir en su actitud después del regreso. Se mantuvo apartado en su casa, casa de paredes de cristal, abierta al mundo, pero escribió obras en las que dejó clara su disconformidad: Los días están contados, Drama patrio, España, empeño de una ficción. En Breviarium vitae expresa su rechazo a la situación de España y del mundo. Hiroshima le parece una experiencia espantosa. Lamentablemente, como observa Cecilio Alonso “de haberse publicado estos libros en los años sesenta habrían sido objeto de una lectura más diferenciada y comprendidos en toda su excepcionalidad” (Canelobre).

 En sus escritos repudia la falta de sentido crítico y de esfuerzo, de razón, en suma. Aboga por compartir el riesgo de los que se comprometen, ya lo citamos antes. Denuncia la tiranía: “No hay causa en el mundo que justifique ponerle un bozal a la humanidad”. Recomienda “la más alta independencia moral unida a una ejemplaridad de vida” (Breviarium).

 Aunque Juan permaneció apartado, por necesidad, de la escena pública, y sus escritos se amontonaban sin que ningún editor se interesara por ellos ni, por su índole crítica, se pudiera pensar en publicarlos, nadie menos provinciano que él, según dijo Gil de Biedma en su prólogo a Valentín. Juan, en efecto, conoció el mundo que le tocó vivir. Viajó por toda América y pasó temporadas en Europa, ya desde niño. No entendía, en sus últimos años, el gusto por viajar sin ton ni son. Creía en el destino que obliga a los seres humanos a desplazarse a un sitio, no por turismo, sino para vivirlo y comprenderlo.
 
 El éxito y el reconocimiento llegaron de manos de otros poetas que lo trataron y lo admiraron: Gil de Biedma, Brines, Carnero, César Simón. En 1974, varias editoriales se interesaron por su obra y la publicaron: Crónica general, Los días están contados, Valentín, Retrato oval. Recibió homenajes y distinciones. Hasta el último momento supo declinar ataduras políticas, pero aceptó el reconocimiento, gozándolo entre asombrado y dichoso. 

 Juan Gil-Albert fue una persona entrañable que llevó a la práctica una de las máximas que incluye en Breviarium Vitae: “La suprema elegancia es la bondad”. Por eso su vida, a pesar de todos los infortunios, fue elegante y digna. Algo muy difícil de conseguir en cualquier circunstancia, pero en las que le tocaron vivir a él, todavía más. Su obra es una reflexión de índole moral sobre la vida del ser humano, sobre la Historia y su propia historia que, por supuesto, transciende lo personal para convertirse en experiencia general, en la que cualquier persona se puede identificar. Más que la novela –se declara tardío lector de novelas– le fascina la Historia, los avatares de la humanidad, sus cambios y convulsiones. Dice al respecto en Crónica general: “Mi interés por la historia vivida, o por ser más exacto, por los personajes que la vivieron, se mostró en mí en buena hora. Digo personajes en el sentido del término teatral, ya que para mí la Historia es una representación escénica en medio del gran teatro de la naturaleza” (Mi voz comprometida, p. 27). Dentro de este interés está Retrato oval, dedicado a la familia de los zares, que fue asesinada. Desde su adolescencia le llamó la atención este hecho y guardó cuantas noticias llegaban a sus manos. El acontecimiento trágico lo lleva a reflexionar sobre el horror, la injusticia, la fugacidad de la vida, los cambios de la fortuna.

 También en Cómo pudieron ser, Crónica general,  Valentín, Drama patrio, España: empeño de una ficción, Memorabilia, Heraclés, se advierte ese sentido moral, de reflexión, ya señalado, que es permanente en su vida. Se trata de libros escritos con honradez, escritos para profundizar en los resortes de la vida que, dice, “es tan profunda, que lo contiene todo, hasta nuestro propio aniquilamiento”. Reflexión que incluye en la Trama inextricable, al hablar de la muerte de su cuñado y de la ruina familiar. Lo acepta con una sonrisa de sabiduría y de triunfo, sonrisa de alguien que sabe lo que es la vida: una conjunción de amarga belleza. Sólo un vividor, en el más alto sentido de la palabra, puede sonreír ante el infortunio. La sonrisa de Juan ha asimilado el mundo y la vida. Por eso, en medio del horror, o de la injusticia, se declara “partidario, casi entusiasta, de esa potencia inclemente, y no obstante acogedora, a la que llamamos vida” (B.V. II, 381).

 La forma especial que tiene G. Albert de ser pensador, se debería, según César Simón, a que  “hay una voluntad en él de hablar desde la perspectiva última, propia de la sabiduría”. (Prólogo a Juan Gil-Albert, Antología poética). Guillermo Carnero considera a G. A. “bueno y cándido, fiel al primordial deber del escritor de usar la palabra con el fin de dar cuenta de una verdad espiritual y estética en la que conocerse y enriquecer a sus lectores, ampliando su sensible introspección y su estética.” (“Lectura de las Ilusiones,” Mondadori, 1998). 

  En ningún momento, en obra tan amplia, que él desea, “antes que original, auténtica” (Ferris, Canelobre) descalifica nada que no sea la falta de libertad, el fanatismo, la crueldad. Y, en definitiva, él, que en varias ocasiones se declara “anarquista responsable” confiesa: “Legislador es lo que me hubiera gustado ser. Basándome en la radical igualdad humana, sazonada epidérmicamente con el esplendor de las diferencias infinitas, (habría querido) promulgar ese artículo primero que, repetirían cada mañana nuestros hijos en las escuelas públicas: todos somos iguales y tan distintos” (Breviarium, II, p. 691).

  Insiste, en muchas ocasiones, en poesía y en prosa, en ese sentido moral que he señalado varias veces. Pero, sobre todo, lo constatamos en Breviarium Vitae, libro de pensamientos, de reflexión, que escribió a lo largo de su vida:

 “Cómo podríamos morir tranquilos -dice- sabiendo que se deja detrás un mundo en el que reinan el hambre para la mayoría, la injusticia para todos, la rivalidad y la venganza entre los poderosos, el crimen como medio supremo de dirimir los conflictos privados y públicos. Y la gracia de la vida, es verdad, ese Enigma impenetrable”.

 En su obra notamos acordes que se repiten: defensa de valores humanos que establecen lazos de solidaridad, independencia, falta de acomodación, bondad, moral. No se trata de un sentido convencional de la moral –en otro momento dice: “No me moralizo: me exijo”– sino de un profundo compromiso con el ser humano y la justicia.

 Lo decía al principio: estamos viviendo tiempos difíciles, en los que la verdad se enmascara y en los que la palabra ha perdido, por tanto, su valor. La ambición por el dinero y el poder mantiene a una gran parte de la población en la miseria. La venta de armas, la explotación sexual y la consiguiente trata de personas, el narcotráfico, son una constante en este mundo que ya no conoce Juan, pero que no le sorprendería, porque le tocó vivir experiencias terribles.

 Ante estos momentos que vivimos, insisto, bueno será que volvamos los ojos a una obra escrita con honradez, serenidad, humanismo. Defiendo la capacidad de Gil-Albert para ser un ejemplo. Aunque en sus últimos momentos ya no pudiera opinar, su mera presencia, la presencia de una persona íntegra y digna, confería a la ciudad de Valencia un halo protector de cultura y de civilización.
         Teresa Garbí.

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Una respuesta

  1. Preciosa semblanza de Gil-Albert. Gran autor. Bienvenido sea todo lo que contribuya a difundir su obra. Saludos, Maria Paz.

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